jueves, 20 de agosto de 2009

La vida es injusta, el cine no.


...He soñado con el pasado, con un mundo felíz.
Luego desperté...

Sheriff Ed Tom Bell
"No country for old Men"


El secreto de sus ojos, la nueva película de Juan José Campanella, se convertirá en pocas semanas en un éxito de taquilla, al cabo de un año en una obra multipremiada, y con el correr del tiempo en un clásico de la cine nacional.

A veces (pocas) el cine argentino genera una grata comunión entre los autores, realizadores y el público en general que hacen de una película un evento cinematográfico. Y no me asusta decirlo, no, porque esta película vale más que el alto precio de su entrada o los otros títulos que invitan desde la marquesina. Vale por sí misma, y vale mucho.
Sin lugar a dudas, el mejor trabajo hasta la fecha de J. J. Campanella, un director que nos tenía "acostumbrados" al costumbrismo y que ahora, sin dejarlo de lado, lo pone en otro plano y se sumerge hasta las profundidades del género. ¿Cuál género? Todos.
Son válidos los rótulos del la crítica y el marketing, pero la obra, rebelde, no se deja clasificar y, si bien se apoya en el policial, el thriller, la comedia, el drama y el melodrama, amalgama a todos, sin perjudicar la pureza de cada uno, y los expone como algo singular. "El secreto..." es una película de género, y Campanella se mueve con soltura y maestría en cada uno de ellos. Pero es más que eso. Es una obra cinematográfica.
Eduardo Sacheri y J.J.C. escriben un guión sin fisuras, de personajes sólidos, queribles y repulsivos, con algunos guiños futboleros de un autor que del cuero sabe mucho, y que ayudan al espectador a olvidarse de la butaca, siendo partícipe de la historia.

Darín y Villamil hacen lo que ya sabemos que pueden hacer, lo que necesita la película, y lo hacen muy bien. Pero Sandoval y Morales sobresalen, desde una función de rol donde complementan a los protagonistas, con un Guillermo Francella (Sandoval) reinventado, componiendo un personaje serio y problemático, que gana en simpatía sin la necesidad de hacer su gracia, jamás sonríe y no necesita de todo su repertorio humorístico para hacer reír, sólo su accionar medido y contenido a lo largo del relato lo van construyendo y dimensionando. Por su parte, Pablo Rago (Morales) intensifica cada escena con su simple aparición y una escasez de recursos admirables.

Campanella entra así en el ranking de los directores envidiables, aquellos que generan admiración por su capacidad narrativa, por el manejo de puesta en escena, por las ideas visuales (¿cómo filmó todo la secuencia del Tomás Ducó?), por su manera de expresar y comunicar. Por todo ello (y muchas cosas más) el espectador disfruta de una película, muy lograda, ...que no parece argentina..., dirá alguno, pero que es bien de acá, que estimula y contagia la risa, pero que tiene bolas para meterse de forma directa con temas ríspidos como la justicia, que otorga una nueva mirada a la época de la dictadura, no tan solemne y didáctica, que indaga al hombre y sus conductas, y que reflexiona sobre los monstruos que nosotros mismo creamos.
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